Elementos inmateriales

Incluye un estudio de investigación sobre la antropología y su contextualización en el Patrimonio Comunitario del territorio, identificando todos los recursos del Municipio y su vinculación a la creación de productos, itinerarios culturales y turísticos.
  • Bailar el erizo

    Bailar el erizo es una expresión que denota una práctica tradicional relacionada con el cultivo de las castañas y que ha sido documentada en los valles del río Oza. La economía de las distintas localidades que se sitúan en el valle ha estado condicionada en gran medida por el cultivo y el cuidado del castaño, como un elemento complementario fundamental en la alimentación de las familias que han habitado el lugar. El plantado del castaño, su cuidado y limpieza, así como la recolección del fruto, su transporte, almacenamiento y su posterior elaboración y consumo ha sido una práctica que ha supuesto la transmisión de conocimientos entre distintas generaciones. A su vez, ha sido objeto de múltiples transformaciones y cambios sucedidos en los últimos años, tanto en el cuidado del árbol como en su cuidado y comercialización. Se mantiene esta práctica viva en la memoria de los habitantes del valle la forma tradicional de proceder, tal y como se puede percibir en el audio que completa esta entrada. El modo de limpieza de los erizos de los castaños pasaba por lo que se describe como un baile de un modo figurado. Los hombres y mujeres se ponían unas botas y con ellas iban pisando los erizos para separar el fruto de las cáscara llena de pinchos cuando ya estaban curtidos, para luego con un rastro o rastrillo ir amontonando el fruto. El movimiento acompasado de las piernas sobre los erizos se consideraba como si fuera un baile.
  • El matanchín.

    En el documento etnográfico que se presenta se pone de manifiesto la preparación que suponía el llevar a cabo la matanza con la reunión de varias familias y de los miembros más allegados y cercanos de la misma. El momento principal es el momento de matar, pues encierra peligro para los que participan en este momento del acto económico y ritual. El cerdo se defiende y se mueve con mucho peso, por eso es necesario contar con el conocimiento y la habilidad suficiente para poder llevar a cabo el propósito sin resultar herido o lesionado. Ante estas circunstancias se premia con reconocimiento y con honor este conocimiento basado en las habilidades propias y en el conocimiento adquirido de generación en generación. El término "matanchín" expresado con admiración y cariño recoge la admiración por ese saber hacer en un momento tan importante para el grupo familiar.
  • El oricuerno o cuerno del alicornio.

    El cuerno del alicornio es un pequeño trozo de hueso con un color ennegrecido por el contacto con las manos que se encuentra vinculado en la zona del Valle del Oza a una leyenda y que a través de ella se le dota al objeto de unas características y poderes curativos y sanadores. La poseedora del cuerno, hasta donde hemos conocido, siempre mujeres con un poder especial basado en gran medida en su conocimiento de las plantas y su efecto mitigador del dolor y del sufrimiento, hacían uso del cuerno según surgiese la demanda, bien en el ámbito familiar, o bien con una presencia mucho más amplia en las localidades cercanas donde su efecto era bien conocido. Debemos la leyenda a la gentileza de Enrique Rodríguez Arias, quien la ha recogido del siguiente modo: Cuenta la tradición que en el valle del Oza o Valdueza, en época remota, perdida en el tiempo las aguas de los ríos y fuentes se contaminaron, de modo que nadie, ni personas, ni animales podían beber sin morir, hasta que un animal sagrado, el alicornio, se acercó a ellas y sumergiendo su cornamenta en sus aguas las purificó. Este ritual de introducir los cuernos en las aguas del valle se repetía todas las mañanas, de modo que se desvanecía con ello el peligro del envenenamiento. Una vez que fueron purificadas todas las aguas del valle, el animal desapareció, pero dejó en un lugar del valle la cornamenta. Esta fue dividida en pequeños trozos que fueron repartidos por las localidades del valle bajo la creencia de que estos fragmentos de la cornamenta del animal, al igual que habían purificado las aguas, purificarían los cuerpos y sanarían las enfermedades. Uno de estos cuernos llegó a Villanueva de Valdueza y fue recibido y transmitido de generación en generación hasta el día de hoy. La leyenda se encuentra extendida por muchas zonas de España, si bien, presenta interesantes variantes. Tiene su origen en el conjunto de mitos castellanos que se mantienen desde la Edad Media. En ellas se aluda siempre a un ser legendario llamado oricuerno o alicornio que es el nombre que toma en las tierras hispanas el unicornio. Generalmente se le representa como si fuera un caballo blanco con un potente cuerno frontal en forma de espiral. Este ser tiene un carácter híbrido, se le representa con una cola de león o con alas encima de las pezuñas, si bien, en cada lugar toma una forma diferente. Lo que le convierte en mágico son las propiedades de su cuerno, del cual, según la tradición se han elaborado pequeñas cruces en algunos casos, y en otros pequeños fragmentos con poder curativo y sanador.
  • La matanza

    La matanza y su valor antropológico toma sentido si tenemos en consideración la importancia que el cerdo o el gocho, como se le denomina en estos valles, ha tenido en la cultura y en la alimentación tradicional. La matanza se llevaba a cabo al comienzo del invierno con los primeros fríos y suponía una actividad marcada por una regulación férrea y tradicional. Estaban repartidos los trabajos, tal y como se puede escuchar en el documento etnográfico que se adjunta. Los hombres se encargaban de tumbar al cerco y darle muerte. Este es un trabajo que no estaba reservado a cualquiera, al contrario, era un trabajo experto y muy bien valorado por el riesgo que entrabañaba. A continuación era asignado como tarea masculina el vaciar el cerdo, es decir, irle separando las partes del mismo para su posterior tratamiento. Es también un trabajo delicado pues la carne, si no se separa bien se puede estropear. Y, generalmente a las mujeres les correspondía lavar las tripas para embutir. Del mismo modo que las tareas anteriores, esta actividad requiere un saber hacer atesorado por los grupos femeninos de la localidad. Se lavaban las tripas pequeñas de un modo, y las grandes de otro distinto, y se preparaban para la posterior elaboración de los chorizos. Las distintas piezas del cerdo tenían un tratamiento distinto, pues requerían de un cuidado específico para que pudieran secarse del modo adecuado.
  • La casa familiar

    La casa de la Tebaida responde en la mayoría de los casos a los sistemas constructivos de montaña, apoyándose en los materiales de la zona y pensada para obtener el máximo provecho de cada uno de los espacios construidos.El tipo de vivienda tradicional de Valdefrancos se asemeja a las viviendas que aparecen en el resto del valle del río Oza y del valle de Compludo. Son las casas denominadas de corredor, y escalera de acceso exterior. Las viviendas han estado sometidas siempre a procesos de cambio y transformación en función de las necesidades de las distintas familias, si bien, en los últimos años, el cambio observado ha sido mayor, debido a causas diversas. Es característico de la zona el uso de la pizarra para las techumbres. La casa tradicional consta generalmente de dos plantas, la de arriba dedicada a la vivienda y la parte de debajo de uso habitual para el ganado. La desaparición de la ganadería ha condicionado también de un modo destacado el uso de los distintos espacios de la casa. Destaca el corredor a la solana, cerrado con madera en mayor o menor medida. En el documento etnográfico se pone de manifiesto como la casa ha sido objeto de múltiples cambios. En las casas la parte de abajo estaba ocupada por el corral para los animales y luego ya el piso de arriba donde se realiza la vida. La falta de uso de las distintas dependencias ha posibilitado el cambio. Cambio de despensa por la construcción de un cuarto de baño, así como las habitaciones más amplias.
  • Ir al ceje de Xardón.

    Ir al ceje es una expresión que remite a una práctica habitual en sociedades ganaderas de montaña y remite a la necesidad en primer lugar de encender y mantener el fuego como elemento esencial de la casa por la mañana, así como también para la alimentación del ganado y la preparación del horno para la elaboración del pan. Es una práctica que ha vinculado tradicionalmente a los jóvenes de las familias como un modo de contribución a la economía familiar, pero al mismo tiempo ha sido también una práctica colectiva, que ha servido para crear lazos de mocedad entre los más jóvenes de la localidad. En el registro etnográfico que se adjunta se puede observar en primer lugar la importancia concedida al fuego como elemento central del inicio de la jornada durante gran parte del año, y a continuación se describen los modos de acarreo, bien en burro o en carro. Es significativo también el modo social que se percibe en la descripción de esta práctica.
  • La mano del pan y la raya suelta.

    Cada año en concejo se determinada la parte que se iba a cultivar de cereal y se establecían las regulaciones necesarias para una buena producción. El día de Santiago se determinaba la parte que iba a ser como la mano del pan, es decir la parte de las laderas cercanas a la localidad donde se iba a plantar cereal, y la otra parte descansaba. Durante el tiempo que mediaba entre el día de Santiago y el día de San José en la parte del pan no se podía pastorear. Pero ya, a partir de este día quedaban abierta la mano del pan al pastoreo los domingos y los días festivos, pero ningún día más. A partir del día de San Roque, entonces ya se consideraba que había raya suelta, es decir que quedaban abiertos ya al pasto todo el terreno que había sido vedado anteriormente y descrito como la mano del pan.
  • El bramante.

    El nombre de bramante remite a un tipo de hilo usado para enchorizar, es decir, para atar la carne embutida durante la matanza. Las técnicas tradicionales para esta actividad han ido cambiando con el tiempo. Tal y como se menciona en el documento etnográfico, durante algún tiempo se embutía con la mano, con mucho cuidado de no romper la tripa. Después ya llegaron las máquinas de madera que facilitaron enormemente la tarea, si bien estas máquinas no estaban al alcance de cualquiera, no todas las familias disponían de una y en algunas ocasiones se iban prestando o bien, acudían las familias a realizar los chorizos a las casas donde había el artefacto de embutir. En este caso, el hilo descrito como bramante o también conocido como hilo de palomar se usaba de forma cotidiana para las matanzas y para atar todo tipo de carne. Destaca este tipo de hilo de cáñamo por su resistencia a las altas temperaturas. Es interesante resaltar también como en el documento etnográfico, y al hilo de esta temática, se hace mención a la elaboración de dos tipos al menos de chorizos, unos que llamaban de gastar y otros de guardar. Siendo estos últimos los que se ofrecían a los huéspedes como invitación en un momento determinado, o bien, se sacaban para celebrar algún acontecimiento relevante.
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