Elementos inmateriales

Incluye un estudio de investigación sobre la antropología y su contextualización en el Patrimonio Comunitario del territorio, identificando todos los recursos del Municipio y su vinculación a la creación de productos, itinerarios culturales y turísticos.
  • La corta. Ganadería y cortar el roble

    Los usos ganaderos han estado vinculados a zonas de montaña donde los pastos han sido el sustento principal para los animales domésticos. Estos usos productivos ganaderos han mantenido una economía de subsistencia en cuanto a los productos y alimentos de proteína animal, pero también han servido como bienes de intercambio a través de una red compleja y extensa de mercados de ganados que nutrían de ingresos a las familias locales, pero que han dado lugar a prácticas económicas relacionadas con tratantes de ganado, intermediarios e incluso expertos en el cuidado y la sanación de animales enfermos.
  • Prindar y pagar al tamboritero.

    El término lingüístico prindar y su sustantivo Prinda refiere a una práctica extensamente arraigada en territorios de orografía montañosa del noroeste de la península y de economía rural ganadera. El término recogido y descrito oralmente hace mención a través del verbo a una determinada facultad de retener, trasladar, en algunos casos subastar el ganado que se encuentre pastando en terrenos ajenos a la propiedad del dueño del ganado. En muchos casos, se aplicado esta regulación sobre todo en los terrenos públicos o comunales, si bien, en el testimonio que referimos, se trata de regulación de las lindes entre comunidades limítrofes. Unida a esta práctica se encuentra la prindada o prendada en otros casos, que describe el importe que a modo de multa ha de pagar el ducño del ganado prindado. El ganado prindado era transladado a los corrales de concejo en aquellos lugares en los había. En el pasado de esta práctica institucionalizada, la legitimación para llevar a cabo tal práctica permitía tanto a la autoridad pública como a los particulares llevarla a cabo. En la actualidad, en aquellos lugares donde se mantiene viva ya solamente se admite la legitimidad de la autoridad pública para el prindado.
  • Oveja perdida. Oración a San Antonio.

    En los pueblos de montaña que conforman la llamada Tebaida berciana, el ganado ha sido siempre, un bien preciado y su perdida ha supuesto una desgracia. Por este motivo en cuanto una cabeza de ganado no se encontraba o se perdía en el monte era frecuente el uso de plegarias y de oraciones que ayudasen en el proceso de búsqueda. La apelación a San Antonio era recurrente en la zona para tratar de encontrar objetos perdidos, entre ellos, por supuesto el ganado. Quien recitaba la oración se aislaba de los demás miembros de la familia y recitaba de memoria unas palabras rogatorias tal y como se pone de manifiesto en el documento etnográfico que se acompaña.
  • Ir con el capazo

    La expresión "ir con el capazo" pone de manifiesto desde el punto de vista etnográfico la importancia de la propiedad de la tierra y de algún ganado en estos contextos de montaña con una economía de subsistencia. En el documento etnográfico que se presenta se hace alusión a cómo la posesión de la tierra ha sido una aspiración pues era el elemento de supervivencia y de reproducción familiar. Todos aquellos que no lograban este patrimonio se veían abocados a emplearse por cuenta ajena sin posibilidades de ascenso social. A esto alude la expresión, a la necesidad de la generosidad de los vecinos para la ayuda de esta clase social. La red de vecinos y conocidos, así como la red de parientes ha servido como mecanismo de protección en momentos donde no existía la protección estatal. Estas redes de solidaridad vecinal forma parte de la memoria de los distintos lugares y se recuerda con nostalgia.
  • Bailar el erizo

    Bailar el erizo es una expresión que denota una práctica tradicional relacionada con el cultivo de las castañas y que ha sido documentada en los valles del río Oza. La economía de las distintas localidades que se sitúan en el valle ha estado condicionada en gran medida por el cultivo y el cuidado del castaño, como un elemento complementario fundamental en la alimentación de las familias que han habitado el lugar. El plantado del castaño, su cuidado y limpieza, así como la recolección del fruto, su transporte, almacenamiento y su posterior elaboración y consumo ha sido una práctica que ha supuesto la transmisión de conocimientos entre distintas generaciones. A su vez, ha sido objeto de múltiples transformaciones y cambios sucedidos en los últimos años, tanto en el cuidado del árbol como en su cuidado y comercialización. Se mantiene esta práctica viva en la memoria de los habitantes del valle la forma tradicional de proceder, tal y como se puede percibir en el audio que completa esta entrada. El modo de limpieza de los erizos de los castaños pasaba por lo que se describe como un baile de un modo figurado. Los hombres y mujeres se ponían unas botas y con ellas iban pisando los erizos para separar el fruto de las cáscara llena de pinchos cuando ya estaban curtidos, para luego con un rastro o rastrillo ir amontonando el fruto. El movimiento acompasado de las piernas sobre los erizos se consideraba como si fuera un baile.
  • Costumbres asociadas al árbol: EL TEJO.

    El tejo de San Cristóbal nació con la fundación del pueblo, a principios del milenio pasado. Varios pastores de una aldea cercana, Manzanedo, tenían sus corrales en lo que ahora es San Cristóbal. Para no alejarse mucho de los animales, se terminaron estableciendo en la zona, construyendo una ermita románica de planta rectangular a la que acompañaron plantando un tejo a su lado, como rezaba la tradición. De este modo nació el árbol de San Cristóbal, enmarcado en la creciente vida del Valle del Silencio con sus monjes eremitas, y los pastores de los montes Aquilanos. Poco ocurrió, afirmó Aurelio, hasta el año 1800, cuando la iglesia fue trasladada al centro del pueblo y se dejó al tejo junto a los restos de la primitiva ermita, que fue reconvertida como cementerio. Ya en el siglo veinte, en plena Guerra Civil, el antiguo pedáneo recordó que los miembros de la guardia civil perseguían a los republicanos por la zona, y cuando descansaban en el pueblo, practicaban el tiro disparando a las ramas del árbol. En la posguerra, algunos vecinos del pueblos cortaban ramas del tejo para venderlas, pues su madera era muy apreciada para construir castañuelas y gaitas. Aurelio comentó que un vecino consiguió dos sacos de patatas por la venta de una rama grande, pero aseguró que estas prácticas estaban completamente prohibidas y con el tiempo se dejaron de hacer. En el presente, el árbol se ha convertido en un símbolo de la comarca, y cientos de visitantes se acercan a San Cristóbal para verlo. Este parece el futuro más cercano del árbol milenario, y es de esperar, porque como dicen los habitantes del pueblo «por algo será el segundo tejo más viejo del mundo». Un árbol mágico y unido al hombre El tejo siempre se ha asociado con la muerte y la magia, por el elevado contenido de toxicidad de sus hojas verdinegras. Es un árbol solitario, más propio de otras épocas que de las actuales, bajo y longevo. Los celtas lo llamaban «Ioho», y construían los mejores arcos con su madera. Pero también llevaban hojas frescas de tejo en su zurrón para suicidarse en caso de perder una batalla ante el invasor romano, o para restregarlas contra las puntas de sus flechas para hacerlas más mortíferas. En la Edad Media surgió la costumbre de plantar tejos junto a los cementerios y las iglesias, como un recordatorio de la muerte. Tirar los tejos. Pero no solamente se tenía esta acepción. En la tradición popular española existe una expresión utilizada muy común en la actualidad que tiene sus raíces en este árbol. «Tirarle los tejos a alguien» procede de la costumbre que tenían las muchachas de las aldeas, que arrojaban semillas de tejo a sus posibles pretendientes. Los árboles se convierten de esta manera en testigos de la vida de los hombres, sus costumbres, sus culturas y anhelos. La pervivencia de este tejo milenario es una prueba de que la convivencia entre el hombre y su medio natural es posible, y esa posibilidad es la única manera de que dentro de otros dos mil años las leyendas que se desempolven tengan como testigos de su existencia real árboles como el de San Cristóbal.
  • Ir al ceje de Xardón.

    Ir al ceje es una expresión que remite a una práctica habitual en sociedades ganaderas de montaña y remite a la necesidad en primer lugar de encender y mantener el fuego como elemento esencial de la casa por la mañana, así como también para la alimentación del ganado y la preparación del horno para la elaboración del pan. Es una práctica que ha vinculado tradicionalmente a los jóvenes de las familias como un modo de contribución a la economía familiar, pero al mismo tiempo ha sido también una práctica colectiva, que ha servido para crear lazos de mocedad entre los más jóvenes de la localidad. En el registro etnográfico que se adjunta se puede observar en primer lugar la importancia concedida al fuego como elemento central del inicio de la jornada durante gran parte del año, y a continuación se describen los modos de acarreo, bien en burro o en carro. Es significativo también el modo social que se percibe en la descripción de esta práctica.
  • La sangre y el fariñote.

    Uno de los elementos destacados de la matanza era el uso otorgado a la sangre del cerdo como alimento. En muchos lugares es habitual conservar la sangre del animal en el momento de morir y usarla como alimento. En el documento etnográfico que se presenta, oímos como no en todos los lugares se elaboraba morcilla. Sin embargo uno de los alimentos característicos de los pueblos de la llamada Tebaida berciana es el fariñote. Es una especie de morcilla compuesta por arroz cocido y carne, por regla general no muy buena e incluso ensangrentada, la mezcla resultaba agradable al paladar.
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